Ya estamos en Quito, la ciudad que se pierde entre las montañas, y el sueño recuperado con el traqueteo del bus creo que no ha sido suficiente. Entrecerrados los ojos, he visto el atardecer sobre los picos que enmarcan la ciudad. Esos cielos caprichosos, como yo, que se tornasolan y sorprenden.
Del asfalto a la selva, pasando por montañas y ríos. Lago Agrio es la capital de Sucumbíos, provincia de la Amazonía ecuatoriana. Esta ciudad fronteriza con el Putumayo colombiano es mi personal aventura. A pesar del paso del tiempo, aún no sé convivir con los mosquitos, el campo inmenso y la ausencia de jamón serrano.
sábado, 3 de octubre de 2009
Noches y días
Ya estamos en Quito, la ciudad que se pierde entre las montañas, y el sueño recuperado con el traqueteo del bus creo que no ha sido suficiente. Entrecerrados los ojos, he visto el atardecer sobre los picos que enmarcan la ciudad. Esos cielos caprichosos, como yo, que se tornasolan y sorprenden.
lunes, 28 de septiembre de 2009
Gloria Muñoz la exploradora
Me gustan esas botas. Como me gusta sentir el viento en la cara mientras el agua salta bajo el bote a motor. Esa sensación de libertad, de no tiempo, de un espacio nuevo abre los sentidos y, a la vez, los cierra a cal y canto al resto de la memoria.
Me gusta esa sensación, de arrancarle vacíos al recuerdo rellenándolo de imágenes coloridas, de niños hermosos que sacan su vestido de fiesta para ir a la nueva escuela. De abrazos de quienes apenas me conocen pero me llaman doctora y comparten un cariño inesperado en un espacio inesperado.
Soy una turista accidental, caída de un mundo paralelo, que se aventura por su selva como Livingstone perdido. Y son tan ricas las vivencias, las sensaciones, la plenitud de que cada día sea pleno, que me da miedo quitarme esas botas.
La Gloria Muñoz que soy aquí, esa cantante imaginaria de rancheras que tengo por sobrenombre, anhela cada día rememorar lo que fue ayer, de volver a calzar el caucho y abrir sendas en los vericuetos de mis experiencias. El día que me quite las botas, en que ya no recuerde mi apodo, en el que ya no estén esas caras curtidas y esas manos onerosas, sé que habré recuperado a Sonia pero pero habré abandonado este micro mundo de sensaciones que es la vida actual.
Y será difícil. Aunque , también es cierto que lo es ahora. Porque uno siempre anhela lo que está lejos, los amores distantes, las camas llenas...
Estos días han sido hermosos. A pesar de tanto trabajo, de madrugar, de sentir el cansancio sólo disimulado por la adrenalina del estrés, han sido hermosos por compartir la celebración, la alegría. De esos niños emocionados por la llegada de una nueva profesora, por escuchar la enormidad de sus experiencias terribles del otro lado a pesar de su edad. Es hermoso compartir esa fiesta de todos, recién peinados, con sus mejores ropas, para recibirnos a nosotros extraños en la humildad de su recóndito lugar.
Se me cierran los ojos mientras escribo, a pesar de que aún son las 21h00. Los días tienen un orden diferente, acaban antes, y están marcados a veces por estos huecos de silencio que ofrece la casa vacía. Aunque la calle es ruidosa, olorosa, vestida del ajetreo que me quita el sueño. de vez en cuando mirar alrededor genera vacío. Un todo lleno de cosas que no oigo. Sólo sucede a veces, esos ratitos de melancolía por el tiempo pasado, el espacio pasado, y por la certeza de lo que uno pierde mientras gana otras cosas.
Quizá los lunes son así, de saudade, por el sueño que quedó roto en la mañana y la añoranza de un nuevo viernes.
Esta semana, al menos, promete cierto sosiego, el justo medio, para pensar, sentir, quizá mirar alrededor para ver. Porque avanzo de algún modo sin mirar, ajetreada, rápido. AL menos, ahora que tengo mi cámara, me ayudo a recomponer la memoria. Y revisito las imágenes mentales para recordar los nombres, las voces, las palabras difíciles que a veces no entiendo.
Casi han pasado cinco meses, y se escapan entre los dedos.
jueves, 10 de septiembre de 2009
El día de 48 horas
Tras las vacaciones, la vuelta al cole, al tiempo que los escolares también aquí en el oriente, he llevado un ritmo difuso. Mi mente se despitaba en vericuetos ajenos a lo que mis manos sabían que debía hacer. Y es complicado en estos días, en los que se agolpan viajes, visitas, quehaceres acumulados que pueblan mi mesa de papeles.
Hoy, al menos, este día agitado me ha permitido recuperar el ritmo, alejar mi mente de esquinas en sombra, y dejarla por completo al albur del trabajo. Así es un poco más fácil no notar las distancias, ni las preocupaciones, ni esa sensación de estar en el sitio adecuado pero en un momento erróneo, porque la vida a veces exige estar en otro lugar.
Pero, bueno, quizá necesitaba este salto de actividad, que recuperara mis defensas, esas que a veces se despitan y no saben ponerse al orden.
Mañana ya es viernes, aunque el día empezará temprano, a las 7, y promete durar hasta la noche. Benditas vacaciones de playa y coco-loco, de esas en las que no piensas más que en el efecto invernadero de tu propio sudor bajo la sombrilla.
Comiendo chorizo español dejado en prenda por Rubén, me doy cuenta, sin embargo, de lo afortunada que soy por vivir todo esto. Incluso con sus angustias, los momentos en que uno puede recomponer el día, es capaz de sentirse vivo.
Me quedo algunas historias en la recámara, que hoy mi mente no es capaz de darles formas... Mañana...
lunes, 24 de agosto de 2009
El paso del tiempo
Javi se va, esperemos que sólo sean unos días, y prefiero no pensar en lo que sea regresar a la casa vacía. Al menos en el intermedio vendrás unas vacaciones, apenas una semana, que se me hace demasiado corta para corretear por este país de montañas, ballenas y buses inagotables.
A medida que el trabajo avanza voy redescubriendo en mí esos nervios que se agazapan en el estómago con las tareas que crecen, que se enrollan en mi mente inquieta.
El calor a veces te asalta. Estas dos semanas han sido intensas, enfebrecidas, de bofetones de sudor que te abraza. A pesar de la temperatura, de los mosquitos que te acribillan sin cuarte, de las piernas, nunca demasiado interesantes, arrasadas por el rastro de las mordeduras que parece se van a quedar àra acompañr mi desnudez veraniega.
El otro día conocí a María. Mientras barría distraída los restos de nuestro paso por la escuela de su comunidad, se acercó con curiosidad a mis ojos atrapados por la cámar reflex de mi jefe. Absorbida por el tacto de una caja oscura de nuevo, me asaltó con la constante duda de mi origen. Que si gringa, me dice. Ya no me sorprende la inconsistencia geográfica de los uqe me rodean, enclaustrados en su pequeño e inmenso mundo de verdura constante.

"Y, ¿cómo es el otoño?", me decía incrédula al saber de las estaciones. Solemos olvidar lo que significa el cambio del clima, lo que condiciona nuestras vidas, nuestro humor, la sensación de pequeñas metas conseguidas, sus recompensas. En la Amazonía no hay estaciones, al menos para nuestros infantiles ojos. El invierno aqui lo marcan las lluvias, más abundantes que el resto del lluvioso año. Y entonces te das cuenta de que se desdibujan las conquitas temporales que nos ponemos con la esperanza del verano, de la resolutiva primavera, del la inconsecuente navidad. Aquí parece un círculo contínuo de días que se repiten.
¿Cómo se visten en España? ¿Y qué comen? ¿Y es lindo? ¿Cuánto se tarda en llegar? Mientras hablas tienes que rememorar tu propia vida, para poder responder algo coherente. Te dices que todo es normal, cómo va a ser si no. Pero, en este ecosistema enconfrado de humedad lo normal es distinto. Y entonces, en una sublime algazara de inteligencia, por un segundo, pareces descubrir una gran verdad de la normalidad anormal.
Despierto la curiosidad en Marí, con sus 18 años vivarachos y su sonrisa tímida ante mi cámara. Despierto la curiosidad en el soldado que, después de un mes en el oriente, añora su Loja natal y no sabe si soportará los 30 días seguidos de trabajo antes de 6 de descanso. Que no sabe si soportará el horizonte de varios años para poder regresar a un destino más cómodo. Y que quiere huir a España, porque sus primos vivem allá desde hace 8 años en una inmensdidad soñada que no sabe de paro, xenofobia o la angustia de la distancia.
Y a mí de apetece que sean ellos los que hablan. Que me digan qué sueñan, qué temen, que sienten más allá del oneroso paso del tiempo cálido y la inestable sensación de vivir en la puerta del infierno. Porque aquí comienza, y a veces uno le ve la cara, aunque otras sólo lo presiente.
Entonces descubre a otras personas, dispuestas a mostrarte su fortaleza, que te hablan con franqueza y, desde la consciencia de su dureza, son capaces de plantear su propia revolución. La que se alza contra el machismo anquilosado, o que sigue estudiando allá donde no hay luz eléctrica. Y lo hacen sin heroísmo, con la simple verdad de que es lo que desean.
Te sorprendes. A veces me descubro mirando a la gente quizá con cierta conmiseración. QUizá con la certeza de que hacemos ciertas cosas bien. Incluso pensando que debemos seguir, porque es necesario. Pero, entonces, te sorprendes al sabes que su vida ya era, es, y será, a pesar de que nosotros o quien quiera que venga despues, vaya a hacer.
No es ni siquiera una crítica. Porque creo que realmente cada cual debe actuar según crea. Y, con las incertidumbres y cinismos que a cualquier labor asalte, uno debe creer en aquéllo que hace. No obstante, cada cual del mismo modo sigue luchando por su vida. Y ese es el valor de conversar, de escuchar, de pasar un rato cimplemente descubriendo a quien tienes enfrente. El valor de descubrir personas, individuos, con tanta enterza, nostalgia, miedo, alegría, como la que yo pueda transportar en mi zurrón de ideales.
María espera que, si vuelvo a visitarla, le lleve algo bonito de España. Dice que allí debe haber muchas. Yo analizo el muestrario de objetos, y me digo que sí, claro. Pero, realmente, si pudiera, lo que le llevaría es la oportunidad de elegir una por sí misma. Para que mis dioses materiales no conquisten a quemarropa su añoranza de los desconocido.
lunes, 17 de agosto de 2009
Volver a escribir
Lago Agrio sigue siendo esta ciudad extraña que aveces encerramos en apenas cuatro o cinco calles. De casa a la oficina, y de allí al mejicano, o a comer pollo (y los ineludibles patacones), o los maytos en una aventura inextricable más allá de la frontera mental de la federación deportiva.
Con el paso del tiempo a veces uno sde despierta con una extraña sensación de estar comprimido, trastabillado en las mismas caras, en días que se parecen unos a otros. El paso del tiempo, construido por este clima tropical de lluvia, sol, humedad, carece de esa conciencia de las estaciones, de la añoranza del abrigo y el retomar de las sandalias.
A pesar de ese conglomerado de trabajo y cotidianeidad, de este mundo tan fuera de todo, tan distinto, te termina cautivando. Casi sin darme cuenta, te engancha, te acoge, te enreda en sus días de vidas difusas, difíciles, esas que parecen sólo de os libros y que nunca ibas a probar.
Seguiré, encontraré otro momento para escribir más. Gracias a las telecomunicaciones que incluso llegan a este inhóspito rincón selvático.
sábado, 25 de julio de 2009
San Santiago, sol y el cumpleaños.

domingo, 19 de julio de 2009
De misiones, donantes y chuchaqui
Hace más de una semana que no escribo, y casi he perdido el sentido del ritmo. Esto de contar historias es una gimnasia, un deporte mental para el que uno debe ponerse en forma, practicar, y cuidar la alimentación. Pero hoy tengo chuchaqui, resaca para los profanos, y no sé si después de dos semanas out voy a ser capaz de recontar lo que me rodea.
En cualquier caso, la belleza de las personas, que tantas veces es externa pero también brota desde su interior, aparece entre esa tierra rojiza, flanqueada de ríos y de inconstancia, donde el horizonte es igual de verde pero no es igual, porque al otro lado del rio la vida es aquéllo a lo que no se quiere volver. lunes, 6 de julio de 2009
De reuniones y taxis
Hoy he tenido una buena dosis de todo esto, y un resultado cansado, muy cansado, que me tiene aún a estas horas escribiendo para descargar.
Lo peor, que el viernes tengo otra reunión, a las 9 de la mañana, y a mi pobre Javi le voy a tener que dejar plácidamente dormido mientras yo recorro la ciudad de las cuestas inmensas y los embragues quemados (NOTA: para intrépidos que deseen conducir algun vez en su vida por esta ciudad, acostumbrense a un pie de hierro que sea capaz de salvar el obstáculo indescriptible de esos sémaforos en medio de cuestas sin fin. Los taxistas, como suele ocurrir, configuran un desafío a la gravedad constante.)
Mañana curso, que también, para rematar la jugada, he tenido el encuentro en la tercera fase y después un taller de tres horas. Interesante, sin duda, pero agotador para mis neuronas adormecidas y sin práctica. Además, qué tan raro es estar aquí, entre polución y encorbatados. Echo de menos la bachata de LA...
En cualquier caso, no voy a quejarme, que al final es lo que me pide el cuerpo: cuanto más, mejor. Seré agonías? Yo que debía haberme dedicado al contemplativo mundo de cultivar mis neuronas...
domingo, 5 de julio de 2009
En la suite de don Luis...
Una semana por delante en esta ciudad, desconocida, que aún me parece escondida en sí misma. Y no la entiendo bien, ni la ubico, ni casi la coloco en el mapa. En esta parte del mundo he perdido mi sentido de la orientación y ni siquiera soy capaz de seguir el sol.
El vicio me consume cuando llego aquí. He comprado 12 DVDs, piratas, maravillosamente nítidos y de calidad magnífica. Las leyes para la proteccción de los derechos de autor es aquí tan laxa que permite encontrar entre millones de películas tesoros esondidos como Las hurdes, de Buñuel, o un Fellini completo por 2 dólares. Y los libros, ese reducto que a veces se olvida en el calor y la lluvia de LA. Recuperar el olor de los libros, el perderse entre los pasillos, rebuscar entre lo títulos. Una delicia que me descubre la capacidad de consumo que tengo...
Lo mejor, es este cuarto maravilloso en el hostal de Don Luis, que te trae el desayuno a la habitación, y que tiene tele por cable, vistas a la ciudad, cama gigante y el agradable frescor del tiempo quiteño.
Y después de varios día, ya viene Javi, que se ha pasado el tiempo volando y ya llega. MMmmmmmm. A redescubrir las calles, los espacios, los sonidos. Empezaremos por Quito con ciertos lujos, para que no sea tan grande el contraste con la polvorienta ciudad del oriente.
Nueva semana, cuantas emociones nuevas.
lunes, 29 de junio de 2009
Soy trivial en lunes
La matanza del cerdo es sangrienta y revolucionaria allá donde se realice. El cortejo, el acoso, la persecución. Y el desgañitado hálito que escapa del chancho es el preludio del sabroso manjar. Manjar que aún infestado del degüello impío, sabe a gloria.
Así sabía el chancho del sábado que comimos para celebrar la inauguración del centro de acopio, un almacén de secado de café y cacao, de Ucodep, la ONG italiana en la que trabaja mi amigo Andrea.
Al llegar, tarde, claro, con horario ecuatoriano, la celebración llevaba un rato, pero tuvimos la suerte de alcanzar al cura que bendijo y sermoneó a todos. Ay, lo que cansa el discurso aquí o en la conchinchina, pero la cantidad de fans que tiene el susodicho profeta...
Ya eran las doce, así que imponía menos mezclar el desayuno con la cerveza. Desde ahí, las botellas de Pilsener bandolearon por el terreno. El chancho, espectacular. Es defícil definir el punto exacto en el que la carne, comida con las manos y casi sin respirar, se convierte en un manjar a compratir por la humanidad.
La cerveza siguió corriendo, y hasta conseguí un pretendiente, con tierras, por supuesto, que me sacó a bailar y me pidió en matrimonio. Cosas de la vida, le dije al señor mucho más bajo que yo y al ritmo de un son ecuatoriano que no soy capaz de remedar, que yo soy ya casada. Quizá fui demasiado dura, pero por muchas tierras que tuviera, el caballero apenas gastaba dentadura, y mi santo que en España me rememora, no merece abandono por un zagal en la sesentena.
El día siguió, muchas, muchas horas, y a pesar de ello mi carrera etílica no llegó a un momento crítico. Quizá es la evaporación, me digo mientras pienso que quizá haya de reducir la ingesta.
Ya es lunes, y en este lado del mundo cuesta madrugar tanto como en el otro. Reiniciar el motor cuesta, duelen los dedos al aporrear el teclado. Ya estoy instalada, y la carrera por comprar y comprar se me hace extraña, ante la enormidad de cacharros, chismes, cacerolas y trapos que he dejado desparramados por el mundo y que ahora requieren de sustituto. Extraño es ir paseando el caparazón, amarrado a lo material, y echando de menos zapatos, camisetas y bolsos. Ay, si es que por muy lejos que esté, esa parte trivial y sinsustancia la mantengo...
jueves, 25 de junio de 2009
El rio
De vez en cuando uno ve casas a lo lejos, y alguien que lava la ropa. A veces pasa otro bote, y agita la mano. A veces, sólo algunas veces, parece que todo se detiene.
La inmensidad del cielo dibuja espacios imposibles, enormes, inabarcables, y creo que este cielo es otro, no es el de mi memoria, sino uno completamente nuevo y de mayores dimensiones.
Cuando se abre el cauce, y a lo lejos se observan las lenguas del mar dulce, el río carece de fin y principio. Lo es todo, en su enorme cauce que abraza orillas iguales pero tan distintas.
En la época de la coca este río era rico, circulante, rodante, de botes en permanente movimiento. Hoy las fumigaciones han dejado sólo tierra baldía en su indesciptible belleza. Contaminada, insana, pútrida, esta tierra ya no permite el comercio de antes. Y parece que ya no tiene sentido la vida aquí, en el término del mundo, donde no llega la luz, ni hay agua potable, donde no se controlan las subidas y bajadas del agua y se mueren los cultivos imposibles de transportar para su venta.
El Putumayo sigue respirando, y salpica. Llueve. Sale el sol. Me duermo con el movimiento y siento el viento. Con los ojos cerrados y el balanceo no importa de dónde eres y a dónde vas. Al abrirlos, todo cambia. Porque este fluido es como las personas que se hibridan, que no son de aquí ni de allí. Aquí es todo como ese río gigante, de sangre fría, en transición y frontera.
martes, 23 de junio de 2009
REF DAY
Mira esquiva desde su silla de ruedas. Podría tener 35 años, o 23 o 15. Podría llamarse Janethe, Leidy, Nidia. Apenas mira a los ojos, y eso la convierte en un ser indeterminado, en la frontera. Se mueve en una silla de ruedas. Pero hubo un tiempo en que podía andar, y reía, y miraba de cerca. Con doce años fue secuestrada por las FARC.
Ahora tiene 18, y vive en el limbo en el que le dejaron los siete años de reclusión, en la selva, sin apenas contacto con el mundo exterior. Le dijeron que su familia la había abandonado. La hicieron guerrillera. La deshicieron y la volvieron a armar. En un enfrentamiento se abrió la puerta de su salida. Pero una bala dejó maltrecho su pie, que una cirugía inadecuada acabó de destrozar.
El tiempo que pasó alejada, torturada, encerrada en una cárcel a cielo abierto ha torcido su gesto. A veces llora, y eso es bueno. Antes no lo hacía, e incluso se reía al contar su historia. Era una niña al marchar, y probablemente aún lo sea. Ese vacío de años es una cicatriz inmensa en su mente, en su cuerpo, en su capacidad de andar, y no sólo la física.
Su familia la encontró, y todos decidieron dejar su hogar para protegerla. En algunos lugares tuvieron que empacar, de nuevo. Cuando alguien descubre por qué tu hijo no puede andar, se abre un nuevo vacío, y hay que huir.
Hoy están en Ecuador, pero el futuro aún es incierto. Toda la familia ha venido con ella, hermanos, padres, sobrinos. Para el Día del Refugiado han dibujado en una gran tela la casa que desean compartir, y la que dejaron atrás. Los sueños, son una duda. Muchos amigos, dice el padre de todos, es lo que quisiera encontrar aquí. Tiene 83 años pero sigue mirando con dulzura a su esposa mientras ella dibuja las gallinas que perdieron.
Los niños corren detrás de los globos, se ríen a veces, no siempre. Son esa clase de niños a los que les cuesta reír, pero cuando lo hacen iluminan el entorno.
Este es el sentido de celebrar el Día del Refugiado. Este es el sentido del trabajo que hago aquí. Hay millones de personas con historias como éstas, de desarraigo, de viaje, de incertidumbre y miedo.
Verles disfrutar, al menos por un lapso de tiempo, estrenando camisetas, saliendo por el puro disfrute de pasar la mañana viendo, comiendo, sintiendo el fruto del trabajo hecho con sus manos y con la memoria.
Así fue la fiesta del sábado. Toda la semana corriendo, haciendo entrevistas (hasta 18… increíble lo que son los medios de Lago Agrio), durmiendo poco. Y el resultado, humilde en muchas cosas, supone una inmensa satisfacción. Después, todo el estrés, los nervios, el cansancio, se fueron. Gracias, hay que decirlo, a mucha bachata, cerveza y la sensación de que el momento es finito y debe ser disfrutado.
Sin duda, una semana de lo más enriquecedora. Además, no se me puede olvidar, ya tengo casa, todo un logro. Aún no me he mudado, pero al menos ya tengo una nevera estupenda. Mientras mato mosquitos y escribo, me doy cuenta de que aún estoy cansada. Son las 21h48, y creo que a las diez estaré ya disfrutando del sueño semi-eterno.
Mañana toca misión, si es que llega desde Quito mi documentación. Voy indocumentada por el mundo, y eso de ser clandestino es una experiencia un tanto inquietante. Una sabe que aquí, siendo gringa, no se tienen problemas. Pero, por un momento, imagino lo que es estar en la orilla del mar y no de la tierra, y agradezco al destino por haberme dado un hogar seguro.
domingo, 14 de junio de 2009
Sin cámara ando como ciega...
El caso es que que, lleghamos a Quito el viernes Pilar, Valentina y yo. Parecía como si nos hubieran sacado del planeta selva, y al transplantarnos a la ciudad nos llamaban la atención las luces, los enormes cuatro por cuatro, los centros comerciales y el asfalto en las calles. Esa noche nos dimos un baño de cosmopolitismo, y cenamos en un japonés, Sake, fashion, agradable, donde nos servían el vino en tazas de café. Sí, es que estamos de ley seca. Hoy hay elecciones, y supongo que para evitar desastres electorales, desde el viernes anterior no se puede tomar alcohol. Pero nosotras transgredimos la norma, y bebimos hasta no poder más.
Todo perfecto, como el postre de chocolate que me pedi.
A la mañana, un gran desayuno es una pastelería panaderia de otro mundp, con croisssants fundentes y pasteles de todo tipo. El dia era perfecto, y asi caminito nos fuimos a la estación de bus para ir a Otavalo, la ciudad a 150 kms donde los sábados hay un gran mercado de artesanía. Y en ese bus atestado, lleno de gente camino a sus ciudades (porque, además, con las elecciones cada uno tiene que ir a su ciudad de procedencia, y es obligatorio votar), yo me enfrasque en la charla con un muchacho que se entó a mi lado. Ay, que tonta, que de tanto leer a Kapuscinsky una se cree que hay que hablar con todo el mundo. Y así, a lo tonto, yo no sé como, se metieron debajo de mi asiento y me hicieron un roto en el bolso. Debió ser complicado, poruer yo llevaba el bolso colgado de la rodilla y aplastado contra la pared del bus.
Asi que, al llegar a Otavalo se me quedó cara pichincha y de atontada, que me habia quedado sin mi preciada reflex.
Pero bueno, puse la denuncia, anule tarjetas, y procuré que de comprar artesanía se me pasara el disgusto.
Qué le vamos a hacer, que estas cosas pasan, aunque molesta igual.
No os preocupeis, que estoy bien, y Pilar y Valen, que son unos amores, me hacen cariños, me dejan dinero y me animan.
otra aventura, así es la historia. De todo se aprende...
Hoy domingo seguimos en Quito, que mañana volvemos a Lago. vamos a comprar, comidita y trapos, que el lujo en LA es algo ajeno...
Mañana, más, y seguro que mejor.
Os quiero
lunes, 8 de junio de 2009
Empacho de merengue
El resto de la semana ha sido tranquila. Al final se suspendió la misión por las comunidades del río San Miguel, así que tendré que esperar a nueva orden para montar en bote y ponerme mis botas de caucho a lo petrolero. Y para encontrar a la gente, que es lo que enriquece esta tierra.
En cualquier caso, cada día ha sido tan largo como el anterior, entre reuniones, visitas, encuentros.
El martes conocí a David. Tiene diez años. Hace unas semanas llego a LA, solo, procedente de otra ciudad, para denunciar el maltrato de su padre ante la policía. Una cicatriz mal sellada en la frente desvía la mirada de otras marcas en las manos y los brazos. David tiene muchos años más de lo que dicen sus huesos. La mirada directa, sin dudas, dicen que tanta vida no debería reducirse a un cuerpo tan pequeño.
No quiere ver a su padre. No sabe en qué año nació. Quiere volver a Colombia, con su abuela. En el albergue, dice, tiene amigos y enemigos. Kilómetros mentales separan a este niño de cualquier otro de su edad.
Ayer, sábado, batí mi récord nocturno en esta ciudad: 2h00 a.m. Es un récord, sin duda, considerando el empacho de merengue, bachata, reguetón o como sea que se escriba el nombre de esa música infernal. Aquí no es posible escapar de los sonidos, del ritmo. En la discoteca, Milenium, se baila agarrado y de fondo una pantalla muestra inclasificables grupos de trasnochado aspecto que en los años ochenta lanzaban sus grandes éxitos.
Divertido, a pesar de todo. No obstante, mejor tomarse el salsódromo en pequeñas dosis para prevenir la intoxicación…
En la puerta de la discoteca, mientras esperábamos un taxi, un hombre y una mujer nos ofrecen chicles, caramelos, cigarros. Apenas alcanzan mis hombros. Quizá tienen cuarenta años, o cincuenta, no sé; sus manos encallecidas, la piel ajada del sol, el sueño que les cierra los ojos por el trasnochar impuesto, no me dejan adivinar su edad real.
Ella mira a ninguna parte, apoyada en una moto para descansar el peso de la canasta en la que lleva las mercaderías. Nos descubrimos mutuamente cuando la traiciona el sueño y cabecea en el aire. Me sonríe, mientras sus ojos piden disculpas por lo inapropiado de su vigilia. Parece de la sierra, por sus ropas, los collares que cruzan el pecho, la falda ancha, la piel cetrina.
El domingo tarde tocaba Chozas, pero yo me borro del plan. Necesito desestresar mis tímpanos del ronroneo latino.
Esta semana se avecina parecida. Tenemos un curso, y muchas reuniones previstas. Yo tengo que cerrar el asunto del piso. Parece que ya está listo, aunque las puertas siguen sin estar. Sólo queda barnizarlas y ponerlas. Espero tomar el castillo a final de la semana. Rosalie debe venir ya pronto, y quizá sea bueno dejar de ser su okupa personal.
Un mes
En el preciso instante de la certeza del paso el tiempo siento las ausencias. Y no es que el resto del tiempo no las sienta, sino que me dedico a absorber el entorno, a disfrutar, a aprender. Pero, por un fugaz instante, uno se pregunta qué le ha llevado a coger la maleta.
Afortunadamente, ese momento es eso, fugaz, liviano, pasajero. Y mientras sigo pensando en cómo quiero a quienes quiero, y su distancia pero al tiempo cercanía, vuelvo a respirar el aire tropical y me digo que todo está bien, que soy afortunada de poder vivir lo que estoy viviendo.
Desde la hamaca veo llover con fuerza, oigo el ruido, y me sorprendo de estar enredada en esta nueva realidad que te transporta a otro mundo. Me mueve el viento, que empieza a soplar más fuerte, y a lo lejos veo el brillo del pozo, y el perfil del horizonte que aquí es verde, y no azul como acostumbra. Lugar que debe ser domado, o quizá que se rebela permanentemente a la domesticación.
lunes, 1 de junio de 2009
Sonia es nombre de pozo
Marianne tiene un mechero que se ve a lo lejos, en medio del verdor intenso contra el cielo de un azul que pronto será gris. Destaca a lo lejos, se esconde. Pero enseguida vemos el cartel que nos indica el camino de entrada. Como todos los pozos petrolíferos por esta zona, tiene nombre de mujer. También hay un Sonia A, que nos indica, en el kilómetro 59 de la carretera entre LA y Puerto El Carmen, que debe haber un B, y quizá un C, como si de replicantes de una misma se tratase.
Esta carretera, que será mejor, pero por el momento a mi me revuelve el estómago, cubre algo más de cien kilómetros, que a mise me hacen eternos entre tramos asfaltados y otros de cantos, o puro lodo rojo arrancado a las veredas. Con ella se llega a la entrada del Cuyabeno, la mayor y más interesante reserva natural de esta región, hermosa y devastada a la vez.
Vamos al cantón del Putumayo, que linda con la provincia del mismo nombre en Colombia. Ambas tierras, que son una, que se simultanean en personas y problemas, están ensambladas por el río de ese nombre, inmenso, caudaloso, de atardeceres imposibles entre malvas, verdes, y aguas de colores imposibles.
El destino es Puerto El Carmen, cabeza del cantón, para aprovechar una capacitación de Cruz Roja y el Ministerio de Salud Pública a los Agentes Comunitarios de Salud. Se trata de una iniciativa que pretende cubrir los inmensos vacíos de los servicios sanitarios, creando puentes con las comunidades del río. Así, los Agentes Comunitarios se convierten, como miembros de la comunidad, en garantes de la transmisión de unos mínimos conocimientos sobre salud alimentaria, detección de enfermedades y tratamiento de dolencias menores. Y ello cuando la falta de un transporte fluvial público, y las dificultades de acceso a la gasolina, la sangre de esta tierra, imposibilitan una asistencia adecuada.
Puerto El Carmen es una metrópoli si lo comparamos con muchas de estas comunidades, aunque apenas cubre varias cuadras y menos calles. El río lo hace parecer tranquilo, a pesar de las motos, perros indescriptibles, y el sonido atronador de karaokes y billares.
Dormimos en el Camelot. Es un hotel, una novedad en comparación con las pequeñas comunidades donde se usan las carpas colocadas en las escuelas. Aquí al menos te puedes duchar, aunque ni las habitaciones son cómodas, ni tranquilas, a pesar de que sí hay cable.
En la frontera encuentras de todo. Hay muchos productos colombianos, y a veces el surtido mejora al de LA. En las tienditas, hay una constante: preside el Che, con su efigie inmortal y el alma cándida del revolucionario.
Cené guanta. Es un roedor gigante, tamaño cochinillo, pero con sabor a pollo. O a otra cosa, que uno no piensa imaginando al bicho. Sudada, le dicen, que es en estofado pero los vericuetos del lenguaje transforman por el conversor dialectal. Y es que aquí todo se llama de otro modo, y uno a veces está lost in translation en su propio idioma, pero que en realidad es otro con olor a patacones y jaguar.
AL día siguiente voy al curso. Hay hombres y mujeres de las comunidades. Vladimir, Rita, Luz, Isabel, Francisco, Adolfo, Walter,… Ellas cargan a sus bebés, que duermen sobre la estera en el suelo, y lloran, o se enfrascan en juegos verbales indescriptibles en medio de la lección. Parecen al tiempo interesados pero distantes, no participan, excepto alguno, que siempre toma la voz. Vienen de ocho comunidades del bajo Putumayo. Algunos han tardado más de seis horas en llegar.
El río es una frontera más ancha que una simple línea. Es un espacio indefinido, extenso, de muchos kilómetros a lo ancho y a lo largo, que se traga a la gente en un mundo que es de otro mundo al que vivimos. Incluso el que va allí no lo ve, somos simples espectadores de ficción, por mucho aire húmedo que aspiremos. Al tiempo, el río moldea personas amables, cercanas, que se ríen y disfrutan, que te cuentan su estar cotidiano que parece de otra escena. Pero es real, cada día es su día, mientras en paralelo yo hago cien cosas más que siempre traslado hacia un futuro. Ellos quizá han tenido que aprender para el presente, En todo ello, sin embargo, siempre hay creación, hay mito, hay rito, hay amor, hay vida, incluso entre tanta muerte que les rodea.
viernes, 29 de mayo de 2009
Vaya semana
Aquí andamos revolucionados pensando qué hacer con poco dinero, mucho impacto, lio el suficiente y todo en dos semanas. Pedimos imposibles? Quizá, pero creo que va por buen camino. Además, esta tarde me voy de misión a un sitio que está a cuatro horas de carro. POr seguridad siempre se viaja de día, y considerando que la noche empieza a las 18h30, nos tenemos que quedar a dormir alli. Mañana toca currar, qué le vamos a hacer. Aprovecharé el domingo. Creo que vamos a ir a las Chozas. Es un sitio al borde del rio Aguarico, donde hay varios bares que son chozas (el creativo que puso el nombre sin duda hizo un esfuerzo sobrenatural). Iremos a tomar unas cervecitas después de comer (ya, quizá lo suyo es ir antes, pero alla dónde fueres...).
Y el lunes tenemos el Día del Niño. Estamos de actos y festejos a full. Poqrue aqui tb estaremos, con una carpita y dando globos (que tenemos que inflar), y haciendo dibujos con los niños. Menos mal que estos sólo son 3 horas... El martes me voy de nuevo de misión.
Vaya semana, y creo que esta va a ser la tónica. Así a lo tonto llevo tres aquí. El tiempo pasa volando...y aún no tengo una sola foto mía. Tengo que hacerme una para que me veais el careto!
domingo, 24 de mayo de 2009
La ranchera
Las misiones...
Las carreteras se abren como una prolongación de las calles pedregosas de Lago. Durante un tiempo son caminos serpenteantes asfaltados, ondulados, de vez en cuando rotos por bocanadas de piedras justo al llegar a un puente por donde aún queda rehacer el paso. De la gran vía que sale hacia Quito y su prolongación hacia el lado opuesto, Puerto El Carmen, se desvían innumerables caminos que abren el paso a un paisaje de verdes y rojos, donde las casas saltan de madera.
Llegar a Puerto Nuevo demora unas dos horas, por el camino, que no es tan malo, y por las obras de soterramiento de los tubos petroleros. La provincia está amartillada de tubos negros en los costados de las veredas, y entre las copas de los árboles, aparecen los lengüetazos del fuego de los pozos.
Las venas negras de la provincia desentonan entre las praderas, donde unas inmensas, orondas, ojipláticas vacas comen a cada rato. Las torretas de tensión desgarran el cielo cambiante, caprichoso, que alterna del aguacero inagotable al sol absorbente en apenas cuartos.
De vez en cuando los buses paran sin apenas advertir, para tomar un viajero o que se apee otro hacia un destino que no parece definido. En medio de la nada, aparecen casas, rebaños, personas que esperan el autobús o van a la escuela; niños despachadores de agua bajo una marquesina, ciclomotores sin casco y con al menos dos ocupantes; escuelitas con su cancha de deportes; y gallos, perros, chanchos, que llenan de color la estampa y de hambre la vista.
En la comunidad el núcleo es el “coliseo”. El campo de fútbol, informe, grande, verde. Aquí todo es verde. Al lado, la escuela, de aulas independientes, techadas a dos aguas, en torno a la cancha cubierta del centro. Todos los niños llevan uniforme, que con el actual gobierno es gratuito, como los libros y los cuadernos. Las niñas llevan esos zapatos blancos de hebilla que tan poco me gustaban de pequeña.
Nos reuniremos con la nueva Directiva local (el equipo de gobierno) después de almorzar. Apenas es la una. La comida está buena, pero aprovechan que hemos venido para cobrarnos por todas las ausencias. Cinco dólares por un plato de chuleta y arroz con lentejas no se corresponde con la realidad. Un dólar con cincuenta es el precio medio en Lago. Al menos está bueno, aunque la Colombiana, gaseosa naranja con sabor a polvos contra la gripe, te deja un sabor enfermizo.
Regresamos a Lago después de reunirnos con la Directiva. Hemos pasado un aguacero, pero sale de nuevo un sol hermoso. En la oficina al final hay demasiados correos, y eso que apenas llevo una semana, y consigo enredarme para llegar a casa a cenar y dormir.
Río Taruka está a una hora de LA, por un camino de cantos estrechado entre la naturaleza asaltante. Enigmático, de sonidos inauditos. Llegamos primero a la Cooperativa Orellana, y la gente que nos recibe no es a la que buscamos, por igual vienen con nosotros al punto de encuentro. No son muchas las visitas bienintencionadas, que pretendan ofrecer en lugar de pedir. Se montan en la ranchera, y el camino es una fiesta. Luego de llegar aparecen algunas familias más y les reunimos para explicarles qué hacemos. Miran quizá desde la incredulidad, o pensando en las remesas, y en qué les vamos a dar. Los niños corren tras un chanchito, con las manos y los dientes negros, débiles, aunque parecen sanos y risueños a pesar de su ropa.
Al volver a Lago me parece que la naturaleza se esconde en el horizonte de esta ciudad, apartada, detrás del escenario. Sale si vas a buscarla, pero rehuye estas calles levantadas, que el nuevo alcalde quiere transformar. Los burdeles, bares, tienditas en las que se aprovechan de los petroleros y los gringos, las jaulas para polluelos y gallos, tiendas de muebles imposibles, cabinas de Porta, lavanderías, iglesias, iglesias evangelistas,… Esta ciudad es un sitio hermoso en su peculiaridad, en su rareza, en sus calles vacías de noche.
domingo, 17 de mayo de 2009
Maytos y feria
viernes, 15 de mayo de 2009
Una semana ya, y sigo sin piso
Cuando llegas a Lago el calor, como dice aqui Carolina, te abraza como si te hubiera echado mucho de menos. poco a poco te vas haciendo a esa sensacion de humedad, o de lluvia a raudales: te acostumbras a la sensacion de no ver pisos altos, y si vegetacion a lo lejos mezclada con cabanas de techo de cinc y ninos en los alrededores. Te acostumbras al trafico constante, al ruido de aviones que despegan y aterrizan a menos de un kilometro, y a una especie de olor a gasolina que flota en el ambiente.
El bullicio de las calles del centro, comerciales, de mercado, se combina con el abandono de otras partes, como Nuevo Mundo, la barriada a la que fui ayer. Apenas pasan autos, ni personas, ni el aire que se apelmaza en los pequenos cuartos donde vive siempre demasiada gente.
En esos momentos yo pensaba en lo que he dejado, en todo lo que rodea mi vida, en la suerte de ser quien soy donde soy. Porque en eso radica todo, en la purita simpleza de nacer en un sitio u otro.
Yo me senti afortunada, al tiempo que me daba la vuelta. Los demas permanecieron alli.
Asi es un dia, uno de mis dias, en Lago.
Bueno, olvido hablar de algo sorprendente: la fruta increiblemente deliciosa que se puede encontrar aqui, por todos lados, picadita o en jugo, para saborearla. Y esos platos que por $1,50 al medio dia sacian mi hambre. Siempre arroz o ensalada, y pollo, o cordero, o incluso camarones (langostinos). Todo rico, para mi tranquilidad.
las noches son muy tranquilas. A casa, cena y a dormir. Hay poco que hacer, porque la noche no es demasiado segura para mujeres solas. Siempre estan las casas de los companeros para pasar el rato.
Este fin de semana debo buscar piso, que la semana ha sido complicada y no ha habido momento. No es facil encontrar, que hay muchos pisos pero casi todos a medio hacer. He visto hoy tarde uno, enorme para nuetsra mente hipotecada. veremos si el dueno se decide a acabar de ponerle las ventanas.
Seguire contando. Buen San Isidro a todos. Hartarse de canas a mi salud.
martes, 12 de mayo de 2009
El primer
Abajo aparece Lago Agrio, con los depositos del petroleo y sus tejados desvencijados. desde el aire parece mas pequegno de lo que es en realidad, con sus calles agujereadas y sus cientos de tienditas y puestos de telefonia. Y bares, si, muchos bares.
Rosalie me ha acogido en su casa de terraza inmensa compartida con el jefe, Xavier. Y me hicieron la cena con vino tinto, todo un lujo.
Hoy, segundo dia, a ver si hago algo de provecho. Y a buscar casa, que parece un reto en esta ciudad.
lunes, 11 de mayo de 2009
Camino a LA
domingo, 10 de mayo de 2009
El olor de la ciudad
La ciudad moderna es de amplias avenidas, a veces desvencijadas, donde edificios inverosímiles hacen añorar la belleza trasnochada del centro. El tráfico intenso se alborota con los silbadores, pitadores y luceros que llaman la atención de la mujer que camina sola. Y sus miradas no pierden el momento de girarse a verte...
www.quito.com.ec
viernes, 8 de mayo de 2009
De la salida, la llegada, la diferencia horaria y el móvil maldito.
Además, después de las despedidas, siempre demasiado duras, lo menos que quería era un viaje inferno.
Sin percances ni influenza n1h1, me planté en la ciudad en un periquete, en mi hogar hasta el domingo: el hostal Millenium, de nombre visionario pero modestia en el espacio. Sin lujos pero tampoco faltas, a las 21h00 hora local (4h00 hora española) por fin pude dormir. Y vaya si lo hice, que me he levantado a una correcta 7h30, pero que en mi fuero interno sabía eran las 14h00.
Hoy mehe dedicado a firmar papeles, conocer gente descubrir lo absoltumante amables que son cuantos me rodean. Y de tanto lindo, chévere y "a sus órdenes" una no sabe si realmente son así de majos o es que le toman el pelo de la cara de guiri que tiene.
El único altercado ha sido con el dichoso móvil que me he comprado, de simpleza monumental y tarifas irrisorias, pero que ha decidido no permitir que las llamadas entrantes estén restringidas. Mañana tendré que arreglarlo.
Por el momento, todo estupendo. Estoy contenta, y eso no es poco para ser el primer día.