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viernes, 8 de mayo de 2009

De la salida, la llegada, la diferencia horaria y el móvil maldito.

Ayer, después de 11 horas de vuelo, aterrizaba entre las calles de Quito, o eso me pareció a mí de lo bajo que volábamos. Un viaje tranquilo, que gracias a ciertos contactos (que hay que tenrlos en todas partes), hice en primera habiendo pagado turista. Y menos mal, que uno no se da cuenta de lo cerca que están los asientos hasta que descubre lo lejos que están en clases superiores.
Además, después de las despedidas, siempre demasiado duras, lo menos que quería era un viaje inferno.
Sin percances ni influenza n1h1, me planté en la ciudad en un periquete, en mi hogar hasta el domingo: el hostal Millenium, de nombre visionario pero modestia en el espacio. Sin lujos pero tampoco faltas, a las 21h00 hora local (4h00 hora española) por fin pude dormir. Y vaya si lo hice, que me he levantado a una correcta 7h30, pero que en mi fuero interno sabía eran las 14h00.
Hoy mehe dedicado a firmar papeles, conocer gente descubrir lo absoltumante amables que son cuantos me rodean. Y de tanto lindo, chévere y "a sus órdenes" una no sabe si realmente son así de majos o es que le toman el pelo de la cara de guiri que tiene.
El único altercado ha sido con el dichoso móvil que me he comprado, de simpleza monumental y tarifas irrisorias, pero que ha decidido no permitir que las llamadas entrantes estén restringidas. Mañana tendré que arreglarlo.
Por el momento, todo estupendo. Estoy contenta, y eso no es poco para ser el primer día.