domingo, 10 de mayo de 2009

El olor de la ciudad

La ciudad de Quito, patrimonio de la humanidad, huele a una mezcla de gasolina, seco de chivo y juguitos de fruta. El bullicio de las calles del centro colonial se combina con los atascos monumentales en sus calles empinadas, sin resuello por la altura.
Y las iglesias, esa multitud de iglesias grandiosas, sus conventos franciscanos y el espíritu jesuita pueblan los rincones, donde las mujeres venden chirimoyas o boletos de la loto. Mientras, se oye la voz del vendedor de periódicos: "el hoy y el comercio; comercio, la hora; la hora, el comercio"... De fondo, los volcanes límpidos por las mañanas y ocultos por los nubarrones a la tarde.
La ciudad moderna es de amplias avenidas, a veces desvencijadas, donde edificios inverosímiles hacen añorar la belleza trasnochada del centro. El tráfico intenso se alborota con los silbadores, pitadores y luceros que llaman la atención de la mujer que camina sola. Y sus miradas no pierden el momento de girarse a verte...
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