Las carreteras se abren como una prolongación de las calles pedregosas de Lago. Durante un tiempo son caminos serpenteantes asfaltados, ondulados, de vez en cuando rotos por bocanadas de piedras justo al llegar a un puente por donde aún queda rehacer el paso. De la gran vía que sale hacia Quito y su prolongación hacia el lado opuesto, Puerto El Carmen, se desvían innumerables caminos que abren el paso a un paisaje de verdes y rojos, donde las casas saltan de madera.
Llegar a Puerto Nuevo demora unas dos horas, por el camino, que no es tan malo, y por las obras de soterramiento de los tubos petroleros. La provincia está amartillada de tubos negros en los costados de las veredas, y entre las copas de los árboles, aparecen los lengüetazos del fuego de los pozos.
Las venas negras de la provincia desentonan entre las praderas, donde unas inmensas, orondas, ojipláticas vacas comen a cada rato. Las torretas de tensión desgarran el cielo cambiante, caprichoso, que alterna del aguacero inagotable al sol absorbente en apenas cuartos.
De vez en cuando los buses paran sin apenas advertir, para tomar un viajero o que se apee otro hacia un destino que no parece definido. En medio de la nada, aparecen casas, rebaños, personas que esperan el autobús o van a la escuela; niños despachadores de agua bajo una marquesina, ciclomotores sin casco y con al menos dos ocupantes; escuelitas con su cancha de deportes; y gallos, perros, chanchos, que llenan de color la estampa y de hambre la vista.
En la comunidad el núcleo es el “coliseo”. El campo de fútbol, informe, grande, verde. Aquí todo es verde. Al lado, la escuela, de aulas independientes, techadas a dos aguas, en torno a la cancha cubierta del centro. Todos los niños llevan uniforme, que con el actual gobierno es gratuito, como los libros y los cuadernos. Las niñas llevan esos zapatos blancos de hebilla que tan poco me gustaban de pequeña.
Nos reuniremos con la nueva Directiva local (el equipo de gobierno) después de almorzar. Apenas es la una. La comida está buena, pero aprovechan que hemos venido para cobrarnos por todas las ausencias. Cinco dólares por un plato de chuleta y arroz con lentejas no se corresponde con la realidad. Un dólar con cincuenta es el precio medio en Lago. Al menos está bueno, aunque la Colombiana, gaseosa naranja con sabor a polvos contra la gripe, te deja un sabor enfermizo.
Regresamos a Lago después de reunirnos con la Directiva. Hemos pasado un aguacero, pero sale de nuevo un sol hermoso. En la oficina al final hay demasiados correos, y eso que apenas llevo una semana, y consigo enredarme para llegar a casa a cenar y dormir.
Río Taruka está a una hora de LA, por un camino de cantos estrechado entre la naturaleza asaltante. Enigmático, de sonidos inauditos. Llegamos primero a la Cooperativa Orellana, y la gente que nos recibe no es a la que buscamos, por igual vienen con nosotros al punto de encuentro. No son muchas las visitas bienintencionadas, que pretendan ofrecer en lugar de pedir. Se montan en la ranchera, y el camino es una fiesta. Luego de llegar aparecen algunas familias más y les reunimos para explicarles qué hacemos. Miran quizá desde la incredulidad, o pensando en las remesas, y en qué les vamos a dar. Los niños corren tras un chanchito, con las manos y los dientes negros, débiles, aunque parecen sanos y risueños a pesar de su ropa.
Al volver a Lago me parece que la naturaleza se esconde en el horizonte de esta ciudad, apartada, detrás del escenario. Sale si vas a buscarla, pero rehuye estas calles levantadas, que el nuevo alcalde quiere transformar. Los burdeles, bares, tienditas en las que se aprovechan de los petroleros y los gringos, las jaulas para polluelos y gallos, tiendas de muebles imposibles, cabinas de Porta, lavanderías, iglesias, iglesias evangelistas,… Esta ciudad es un sitio hermoso en su peculiaridad, en su rareza, en sus calles vacías de noche.
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