lunes, 28 de septiembre de 2009

Gloria Muñoz la exploradora

Con las Venus Llaneras me siento pequeña, voladora, anhelante de esa sensación infantil de arrebatarle a los charcos el reflejo del cielo. Las Llaneras son mis adoradas 7 vidas, las botas en las que se acurrucan las coloradillas insaciables que días después siguen desgarrando la piel. Las botas son la concentración de estos días de descubrimientos, de risas ganadas a los nervios, del miedo a pisar mal y descubrirme embarrada cuerpo y mente. Estas botas pesadas que son para mí un acontecimiento son las columnas de muchas personas, cuyos días y noches carecen de luz, allá donde acaba mi mundo y comienza aquél en el que yo sólo soy visitante.
Me gustan esas botas. Como me gusta sentir el viento en la cara mientras el agua salta bajo el bote a motor. Esa sensación de libertad, de no tiempo, de un espacio nuevo abre los sentidos y, a la vez, los cierra a cal y canto al resto de la memoria.
Me gusta esa sensación, de arrancarle vacíos al recuerdo rellenándolo de imágenes coloridas, de niños hermosos que sacan su vestido de fiesta para ir a la nueva escuela. De abrazos de quienes apenas me conocen pero me llaman doctora y comparten un cariño inesperado en un espacio inesperado.
Soy una turista accidental, caída de un mundo paralelo, que se aventura por su selva como Livingstone perdido. Y son tan ricas las vivencias, las sensaciones, la plenitud de que cada día sea pleno, que me da miedo quitarme esas botas.
La Gloria Muñoz que soy aquí, esa cantante imaginaria de rancheras que tengo por sobrenombre, anhela cada día rememorar lo que fue ayer, de volver a calzar el caucho y abrir sendas en los vericuetos de mis experiencias. El día que me quite las botas, en que ya no recuerde mi apodo, en el que ya no estén esas caras curtidas y esas manos onerosas, sé que habré recuperado a Sonia pero pero habré abandonado este micro mundo de sensaciones que es la vida actual.
Y será difícil. Aunque , también es cierto que lo es ahora. Porque uno siempre anhela lo que está lejos, los amores distantes, las camas llenas...
Estos días han sido hermosos. A pesar de tanto trabajo, de madrugar, de sentir el cansancio sólo disimulado por la adrenalina del estrés, han sido hermosos por compartir la celebración, la alegría. De esos niños emocionados por la llegada de una nueva profesora, por escuchar la enormidad de sus experiencias terribles del otro lado a pesar de su edad. Es hermoso compartir esa fiesta de todos, recién peinados, con sus mejores ropas, para recibirnos a nosotros extraños en la humildad de su recóndito lugar.
Se me cierran los ojos mientras escribo, a pesar de que aún son las 21h00. Los días tienen un orden diferente, acaban antes, y están marcados a veces por estos huecos de silencio que ofrece la casa vacía. Aunque la calle es ruidosa, olorosa, vestida del ajetreo que me quita el sueño. de vez en cuando mirar alrededor genera vacío. Un todo lleno de cosas que no oigo. Sólo sucede a veces, esos ratitos de melancolía por el tiempo pasado, el espacio pasado, y por la certeza de lo que uno pierde mientras gana otras cosas.
Quizá los lunes son así, de saudade, por el sueño que quedó roto en la mañana y la añoranza de un nuevo viernes.
Esta semana, al menos, promete cierto sosiego, el justo medio, para pensar, sentir, quizá mirar alrededor para ver. Porque avanzo de algún modo sin mirar, ajetreada, rápido. AL menos, ahora que tengo mi cámara, me ayudo a recomponer la memoria. Y revisito las imágenes mentales para recordar los nombres, las voces, las palabras difíciles que a veces no entiendo.
Casi han pasado cinco meses, y se escapan entre los dedos.

jueves, 10 de septiembre de 2009

El día de 48 horas

Después de 12 horas exactas de trabajo, uno tiene la cabeza en ebullición, y ya no sabe si escribe, habla o simplemente piensa. A veces los días son así, que empiezan y cuando te das cuenta han agostado el día en una eternidad de momentos. Hoy ha sido un poco así, intenso, rápido, bajo ese calor que me marca como al ganado con las mil marcas de cada camiseta.
Tras las vacaciones, la vuelta al cole, al tiempo que los escolares también aquí en el oriente, he llevado un ritmo difuso. Mi mente se despitaba en vericuetos ajenos a lo que mis manos sabían que debía hacer. Y es complicado en estos días, en los que se agolpan viajes, visitas, quehaceres acumulados que pueblan mi mesa de papeles.
Hoy, al menos, este día agitado me ha permitido recuperar el ritmo, alejar mi mente de esquinas en sombra, y dejarla por completo al albur del trabajo. Así es un poco más fácil no notar las distancias, ni las preocupaciones, ni esa sensación de estar en el sitio adecuado pero en un momento erróneo, porque la vida a veces exige estar en otro lugar.
Pero, bueno, quizá necesitaba este salto de actividad, que recuperara mis defensas, esas que a veces se despitan y no saben ponerse al orden.
Mañana ya es viernes, aunque el día empezará temprano, a las 7, y promete durar hasta la noche. Benditas vacaciones de playa y coco-loco, de esas en las que no piensas más que en el efecto invernadero de tu propio sudor bajo la sombrilla.
Comiendo chorizo español dejado en prenda por Rubén, me doy cuenta, sin embargo, de lo afortunada que soy por vivir todo esto. Incluso con sus angustias, los momentos en que uno puede recomponer el día, es capaz de sentirse vivo.
Me quedo algunas historias en la recámara, que hoy mi mente no es capaz de darles formas... Mañana...